Gozo y pecado

Heridos por el pecado original, nos lanzamos a la satisfacción de nuestros deseos y pasiones sin considerar el recto uso de los dones de Dios; si acallamos la conciencia, luego gritará mas fuerte. Así le sucedió al rey David que peco contra Dios y se arrepintió luego, no sin consecuencias (cf, 2Sam 11-12)

Heridos por el pecado original, nos lanzamos a la satisfacción de nuestros deseos y pasiones sin considerar el recto uso de los dones de Dios; si acallamos la conciencia, luego gritará mas fuerte. Así le sucedió al rey David que pecó contra Dios y se arrepintió luego, no sin consecuencias (cf, 2Sam 11-12)

Luego de haber descubierto el defecto básico de nuestro carácter a través del autoconocimiento de sí mismo, la próxima etapa es poner en acción este conocimiento a través de la autodisciplina. El conocimiento de sí mismo es el diagnostico de la enfermedad. Pero la autodisciplina no solo radica en eliminar el mal; consiste también en vigilar todos los caminos hacia el verdadero ser, no sea que el enemigo irrumpa nuevamente por un camino insospechado. Porque los pecados, aun cuando sean vistos como tales, retienen todavía su falso encanto. Esta es una de las debilidades psicológicas que hace difícil la virtud para nosotros, los humanos.

Amar algo y odiarlo a la vez

Desde el comienzo de los tiempos, los arrepentidos se han hecho la siguiente pregunta: ¿Cómo es posible que ame el vicio y lo odie al mismo tiempo? ¿Por qué amo la bebida y odio ser un alcohólico?  ¿Por qué amo estar enamorado y odio la lujuria posterior? La respuesta es: cada pecado tiene un doble elemento, material y formal. El elemento material del pecado consiste en su contenido, o la materia de la que está hecho, y esta es siempre buena. Nada hay en el universo visible que sea intrínsecamente malo. “Dios miro al mundo y vio que era bueno”. La bebida, la carne, el sexo, el oro, el vino, son todas cosas buenas y por lo tanto deseables. Toda realidad, al haber sido creada por Dios, es hermosa y se halla penetrada por los divinos reflejos de sus atributos.

Uso y abuso

El elemento formal del pecado es el abuso malvado y perverso de una buena cosa. Es esta distorsión y este exagerado amor de algo que nos hace usarlo mal para un fin nocivo; transforma el amor por la carne en lujuria, el amor a la bebida en embriaguez, y el amor a la riqueza en avaricia. El hombre, a través de un abuso original de su libertad, está ahora en un nivel inferior a aquel para el que fuera creado, y tiene, por lo tanto, una tendencia a pervertir todas las cosas, de la misma manera en que una vez se pervirtió y desordeno a sí mismo.

La consciencia, sabía maestra

Los pecadores solo ven el elemento material del pecado y lo encuentran bueno, como es en realidad. Luego, cuando han abusado de su bondad, se vuelven contra Dios porque los efectos de este mal uso les han traído aflicción. Olvidan que Dios no prohíbe el uso correcto de las cosas, solo su abuso. Los pecadores critican a la gente buena que goza de estas mismas cosas buenas, sin sus efectos nocivos, y no comprenden que las usan de acuerdo con la correcta razón y la voluntad de Dios. Lo que el pecador ama del pecado es la materia del pecado, que es buena, y lo que odia de él es la infelicidad, el remordimiento, la melancolía y la sensación de derrota que viene de la perversión o el abuso de lo que es bueno. Ama el pecado en lo concreto, lo odia en lo abstracto. Esto explica la sensación psicológica de tensión y conflicto dentro de todo pecador. El ego desea una cosa; el yo, otra. El ego desea que la realidad se pliegue a él y le permita gozar de las cosas en exceso, sin que a esto suceda el remordimiento.

De esta contradicción interna se derivan dos efectos. El primero una ansiedad constante en el alma del pecador. Ama y odia, desea y desprecia. Llevado a más pecados por sus pasiones o malos hábitos, se halla en una constante agonía de disgusto consigo mismo […]. El segundo efecto de esta contradicción de amar y odiar al pecado es una mundanidad que se expresa como odio a la religión.

Mons. Fulton Sheen – del libro Eleva tu corazón

Claves para el éxito familiar

El desgaste en las relaciones familiares y en el desarrollo personal es un fenómeno que llega inevitablemente si no se ponen los medios necesarios para frenarlo

El desgaste en las relaciones familiares y en el desarrollo personal es un fenómeno que llega inevitablemente si no se ponen los medios necesarios para frenarlo

 

Stephen Covey, escritor de fama mundial y formador de líderes empresariales, dedico su vida a enseñar a las personas a disfrutar de su vida personal y profesional. En el libro Los 7 hábitos de las familias altamente efectivas, sintetiza en siete sencillos hábitos la clave para el éxito en las relaciones familiares.

Ser proactivo. Nuestra vida familiar sería mucho mejor si actuáramos de acuerdo a nuestros valores más profundos, en lugar de dejarnos arrastrar por la emoción o las circunstancias del momento.

Este hábito es la base de todos los demás, ya que supone la capacidad de hacer elecciones, de dominar la propia vida, de ser dueños de nuestras emociones y, en consecuencia, conseguir tener las relaciones personales que deseamos tener.

Empezar con un fin en la mente. Si todos los miembros de la familia fueran conscientes de donde está la meta y como llegar a ella, se dirigirían todas las fuerzas hacia ese fin. Para lograrlo, Covey propone crear la “misión familiar”, única y original de cada familia. Diseñar unos objetivos familiares que todos conozcan, de forma que puedan ser consientes de cuando se están desviando de la meta.

Poner primero lo primero. Este hábito está profundamente relacionado con el anterior, si tenemos claro cuál es nuestro fin en la vida, será más fácil poner primero lo primero. Para todo el mundo la familia es lo primero, pero en realidad es que es a lo último a lo que se dedica tiempo. El papel que desempeña cada miembro de la familia es insustituible y no se puede delegar a nadie, por ello, para Covey “poner primero lo primero” es un habito que debe trabajarse a diario para no dejarse arrastrar por la velocidad a la que la vida nos somete.

Pensar “ganar – ganar”. La verdadera unión familiar radica en la necesidad del beneficio de los demás miembros de la familia, el deseo de que todos estén felices y contentos, aun a costa del sacrifico personal. Es en la familia donde mejor se cultiva esta actitud ganar-ganar en la que padres hermanos, abuelos, etc. interactúan entre ellos movidos por el afecto que se tienen y no por los intereses particulares.

Procurar primero comprender y después ser comprendido. La comprensión llevada hasta las últimas consecuencias es de los hábitos más difíciles de lograr. Para Covey, los malos entendidos y la falta de comprensión hacia los demás son generalmente el centro del dolor y las rupturas familiares.

Ser comprendido es la primera muestra de amor que recibe alguien, sentirse querido pase lo que pase, es entonces cuando puede  seguir una verdadera comunicación, una relación profunda.

Sinergizar. La unión de los miembros de la familia potencia el beneficio que recibe cada uno de ellos por separado. La riqueza que entrañan las relaciones familiares es imposible de alcanzar en ningún otro sitio. “La clave para crear sinergia es aprender a valorar, incluso celebrar, las diferencias”.  En la familia, cada uno aporta sus cualidades, virtudes, capacidades que perfeccionan a los demás y los complementan. Es, además, en la aceptación sincera de los defectos ajenos donde se crece como persona.

Afilar la sierra. El desgaste en las relaciones familiares y en el desarrollo personal es un fenómeno que llega inevitablemente sino se ponen los medios para frenarlo. Stephen Covey afirma: “Afilar la sierra significa preocuparse de forma habitual y firmemente renovar las cuatro dimensiones de nuestra vida: física, social, mental y espiritual. Si la sierra se afila de un modo adecuado y de una manera equilibrada, cultivaras todos los demás hábitos  empleándolos en las propias actividades de renovación”. Es dedicar un tiempo a parar, a pensar, a recomponerse. (Hacer Familia/Adaptación).

Tiempo de ayuno y solidaridad

La Cuaresma es el tiempo de gracia y salvación, en el que todos estamos invitados a convertirnos en el camino de las practicas penitenciales, el silencio y el desierto, la oración más intensa, la limosna y el ayuno, del que el mejor paradigma y modelo es el Señor, que ayuna en el desierto durante cuarenta días y cuarenta noches (Mt 4,2).

Refrena el pecado y los malos deseos

Hemos de reconocer que el ayuno como práctica penitencial no está en su mejor momento […]. La Sagrada Escritura y la tradición cristiana enseñan que el ayuno es una gran ayuda para evitar el pecado y un medio para recuperar la amistad con el Señor. Por ello, la palabra de Dios nos invita muchas veces a ayunar. Jesús nos da el ejemplo ayunando en el desierto y rechazando el alimento ofrecido por el diablo. La práctica del ayuno esta también muy presente en la primera comunidad cristiana y los Padres de la Iglesia hablan de la fuerza del ayuno, capaz de frenar el pecado, reprimir los deseos del “viejo Adán” y abrir en nuestro corazón el camino hacia Dios.

¿Dieta sí, ayuno no?

En nuestros días, la práctica del ayuno ha perdido relevancia desde la perspectiva  ascética y espiritual. En muchos ambientes cristianos ha llegado incluso a desaparecer, incluso el ayuno y la abstinencia prescritos por la Iglesia en Cuaresma. Al mismo tiempo, ha ido acreditándose como una medida terapéutica conveniente para el cuidado del propio cuerpo y como fuente de salud. Siendo esto cierto a juicio de los expertos, para nosotros los cristianos el ayuno es una “terapia” para cuidar todo lo que nos impide conformarnos con la voluntad de Dios. El ayuno nos ayuda a no vivir para nosotros mismos, sino para Aquel que nos amo y se entrego por nosotros y a vivir también para nuestros hermanos.

Romper los apegos que nos separan de Dios

La Cuaresma[…] nos depara la oportunidad de recuperar el auténtico significado de esta antigua practica penitencial, que nos ayuda a mortificar nuestro egoísmo, a romper con los apegos que nos separan de Dios, a controlar nuestros apetitos desordenados y a ser más receptivos a la gracia de Dios. El ayuno contribuye a  afianzar nuestra conversión al Señor y a nuestros hermanos, a entregarnos totalmente a Dios y a abrir el corazón al amor de Dios y del prójimo, primer y sumo mandamiento de la nueva ley  y compendio de todo el Evangelio. El ayuno nos ayuda a crecer en intimidad con el Señor. Así lo reconoce San Agustín en su pequeño tratado sobre “La utilidad del ayuno” cuando afirma: “Yo sufro, es verdad, para que El me perdone; yo me castigo para que El me socorra, para que yo sea agradable a sus ojos, para gustar su dulzura”. La privación voluntaria del alimento material nos dispone interiormente para escuchar a Cristo y alimentarnos de su palabra de salvación. Con el ayuno y la oración más constante y dilatada en estos días de Cuaresma, el Señor sacia cumplidamente los anhelos más profundos del corazón humano, el hambre y la sed de Dios.

Nos abre los ojos al prójimo

La práctica voluntaria del ayuno nos permite caer también en la cuenta de la tristísima situación en que viven muchos hermanos nuestros, casi un tercio de la humanidad, que se ven forzados a ayunar como consecuencia de la injusta distribución de los bienes de la tierra y de la insolidaridad de los países desarrollados, sin olvidar también a nuestros hermanos en las áreas urbano marginales de  nuestras localidades. Desde la experiencia ascética del ayuno, y por amor a Dios, hemos de inclinarnos como el buen Samaritano sobre los hermanos que padecen hambre, para compartir con ellos nuestros bienes. Y no solo aquellos que nos sobran, sino aquellos que estimamos necesarios, porque si el amor no nos duele es una amor engañoso. Con ello demostraremos que nuestros hermanos necesitados no nos son extraños, sino alguien que nos pertenece.

En la antigüedad cristiana se daba a los pobres el producto del ayuno. En la coyuntura  social que estamos viviendo como consecuencia de la crisis económica, hemos de redescubrir  y promover esta práctica penitencial de la primitiva Iglesia […]

+ Juan José Asenjo Pelegrina – Arzobispo de Sevilla

RESCATE DE VALORES ES TAREA DE TODOS

A todos en general se les reserva la responsabilidad y el compromiso de contribuir, permanentemente, en la recuperación de los valores perdidos e ignorados en el tiempo, por el quebranto de la institución familiar; en gran parte de los maestros, que no asumieron en su momento acciones de orientación de la conducta de sus alumnos y el escaso aporte de los gobiernos y medios de comunicación para lograr un cambio de actitud de la juventud en su tránsito por caminos equivocados.

Las naciones, para vivir en un ambiente de paz, comprensión, confianza, de respeto al prójimo y sin violencia, aparte de su estructura socioeconómica, dependen y responden a un proceso informativo de sus habitantes, desde el hogar, escuela y medios sociales. El maestro, en todos sus niveles, en su condición de guía, orienta la conducta con su ejemplo, pero este compromiso moral se desvió, en muchos casos, por el acoso y afán de lucro.

El irrespeto y la violencia se han extendido en todos los sectores, hogar, estadios y centros de diversión, entre otros, aparentemente, sin que a nadie le preocupe, como si se tratara de hechos normales. En algún momento parece que se ha perdido todo indicio de esperanza por encontrar prontas soluciones.

La presencia de pandillas juveniles y el consumo de drogas no es problema reciente; ahora, ese desequilibrio social se acentúa con mayor incidencia en la población pobre y abandonada, por la irresponsable indiferencia en el tratamiento de esos terribles males. Hoy ya se han emprendido acciones programáticas, principalmente en los colegios para intentar erradicar ese espectro social. Hay que recordar que toda labor que se proyecte para combatir esos desórdenes, merece, inaplazablemente, el apoyo de la colectividad. Algunos medios de comunicación privados practican el sensacionalismo, tendencia por exagerar o escandalizar los hechos, principalmente, delictivos, para causar impacto en el publico con el siguiente error de exaltar la audacia de rufianes y de sicarios famosos. Ese estilo de hacer periodismo profana el valor moral, promueve la violencia y exalta, sin quererlo, el delito.

Se recuerda que la función del periodismo es informar y opinar tomando como base la verdad y a motivar la práctica de los valores como la paz, la justicia y el respeto a sus semejantes.

Es innegable que la ambición y el dinero diseñan negativamente la conducta del ser humano y obliga a pensar en una reconquista de valores. En la selección de los nuevos maestros se debe considerar, especialmente, sus dotes morales, para garantizar una información adecuada de las venideras generaciones. Aunque hay que reconocer que continúan en funciones, maestros que entienden y cumplen su alta misión.

Insistimos que, en el rescate de valores, es obligación el aporte cívico y desinteresado de todos: Gobierno, maestros, padres de familia y medios de comunicación, prensa, radio y televisión.

Oswaldo Ávila Figueroa –  ex docente universitario

NO BASTA CON NO SER MALO

“Os lo aseguro: Si no sois mejores que los escribas y fariseos, no entraréis en el Reino de los Cielos” (Mt 5, 20-22a).

El termino “fariseos” esta tan desprestigiado, que nos resulta difícil comprender lo que nos quería decir Jesús cuando ponía esa comparación e invitaba a sus discípulos a ser mejores que ellos. En realidad, en aquella época los fariseos eran los más religiosos, observantes y fieles defensores de Dios. Si tuviéramos que buscar un equivalente, diríamos que eran los de “misa diaria”; esta comparación nos es justa e incluso es ofensiva en si misma, pero nos sirve para entender que los apóstoles estaban siendo invitados a ser mejores que los mejores judíos. Pero ¿mejores en que?

Desde luego no se trataba de ser más puntilloso y exigentes en cuestiones litúrgicas o en asuntos rituales (descanso del sábado, reglas culinarias, impuestos al templo, etc.). Lo que Jesús quería era que se superara por arriba la limitación que mantenía encorsetado el corazón del buen judío, del fariseo. Ciertamente, esto solo lo pudieron entender bien los apóstoles al final de la vida de Cristo (cuando en la Ultima Cena, les da el mandamiento nuevo) y, sobre todo, después de la venida del Espíritu Santo.

Pero ya entonces pudieron comprender algo de lo que el Señor quería enseñarles. Para Jesús no se trataba de quedarse contento con no hacer el mal o cumplir las leyes; lo que El pedía  a sus seguidores es que fueran más allá, que hicieran todo el bien posible, que no se quedaran satisfechos hasta que no hubieran ayudado al prójimo con todas sus fuerzas. Cristo no pedía ni pide imposibles; pide, simplemente, que amemos. Y amar empieza por no hacer el mal y sigue por hacer el bien. Como El hizo.

P. Santiago Martin fm

SER SAL Y SER LUZ

Una de las mejores cosas que nos dijo Jesús de nosotros es precisamente lo que aparece en el Evangelio del ultimo domingo: ser sal, ser luz. El asunto está en que ser sal y en qué ser luz.

Partamos que las cosas existen, pero sin luz no tienen contorno ni color, y que la comida puede estar hecha, pero sin la sal no tiene sabor.

Ser sal, ser luz, es hacer que las cosas siendo las mismas sean distintas, sean brillantes, sean atractivas, sean sabrosas. Ahora viene el cometido de aplicar estos conceptos a la trama de nuestra vida cristiana y humana. Hoy en gran medida todo perdió brillo y sabor, por eso se busca lo espectacular, lo adrenalínico, lo emocionante. En efecto, la familia es aburrida, el televisor prendido, cada uno en internet, es solamente un dormidero, le falta luz, le falta sabor. Algunos dicen, la misa es aburrida, el rosario es aburrido.

En el mundo en que vivimos solo parece tener luz y sabor de amiguismo, el celular, la borrachera, el bailongo, la velocidad, la discoteca, la pelea, el terror, los desenfrenos, las adicciones, cualquiera sean, droga, juego, la droga del sexo como lo es siempre fuera de la instancia familiar, etc.

En el fondo, se busca fuera de la vida, porque la vida misma perdió luz y sabor. ¿Y que se encuentra? La hipotermia espiritual, se gastan las pocas energías en esa experiencia terrible que lleva a rechinar dientes, como en toda hipotermia.

De esa forma advertimos que debemos ir en rescate de la vida misma, tan terriblemente vulnerada. ¿Cómo? Dándole sentido. Si, dándole sentido. Sentido es orientación, es proclamar a donde vamos, a Dios.

Sin la meta de Dios dejamos de ser pfeeregrinos y pasamos a ser vagabundos, como afirma el papa Francisco en la Evangelii Gaudium, o transitamos la multiplicidad de senderos que no llevan a ninguna parte, como dice la Lumen fidei. Qué triste y desolador es no saber para qué, ni por qué es lo que hacemos y somos, o creer que lo que hacemos y somos es para el tener y el placer, y porque a los demás les cae bien, así sea esto el aborto y la unión gay o simplemente la mundanidad contenida en las pautas recién señaladas como hipotermia espiritual.

La vida cristiana ofrece el más bello sentido a realidades que el mundano considera patéticas, como la pobreza y el dolor; nos dice que la libertad es elegir lo mejor, ser elegantes (saber elegir); nos dice que es la felicidad, que no puede ser lo que nos pudre, ya que esto nos aleja de Dios y nos hace perder el precioso tiempo en la nada; nos enseña a vivir con sublimidad, como Cristo. Nos propone la castidad; al joven, al célibe, al viudo y al casado les regla la sexualidad para que esta no los animalice.

Fe, esperanza, caridad, eso es ser sal y ser luz.

Cuando se pierde la fe, todo pierde sentido, por eso en la parábola del sembrador el enemigo lo primero que hace es quitar la fe, la poca que queda la seca con tristezas o la pudre con falsas alegrías. Y señalemos la última instancia, la vida interior. El que la tiene, posee el secreto de la juventud, porque todos los días cuando abre la ventana descubre el sol como nuevo; cuando el sol es el mismo de ayer, ya es viejo. Pero la vida interior necesita paz interior, por eso ahí viene la confesión.

También tenemos la Eucaristía; pero es un verdadero despropósito “también”. ¿Qué?, ¿acaso no es toda la luz y la sal? Y también tenemos a María, “también”. ¿Cómo entonces no ser sal y luz?

Hasta pronto

¿Sabes cual es tu problema?

Que estás lleno de ti y vacío de Dios.

Esta enfermedad del corazón, que consiste centrarse en uno mismo, tiene manifestaciones distintas en nuestras vidas. Hoy nos vamos a centrar en el egocentrismo y en la susceptibilidad.

Una palabra que tiene que ver con el egoísmo es el egocentrismo. Se trata de una actitud frente a la vida en la que todo se plantea haciendo referencia a la propia persona: lo que “me” puede afectar, lo que “soy” capaz de hacer, lo que “me” beneficia, lo que “me” conviene… No debemos olvidar que estos planteamientos tienen mucho que ver con la forma en que hemos sido educados. No es ninguna novedad que la sociedad actual fomenta esta actitud, ya que promueve el individualismo y el subjetivismo. Después de haber reflexionado largamente sobre este tema, es el momento de preguntarnos como superar este egocentrismo, que produce tanta inmadurez entre las personas. El remedio para esto lo encontraremos, si somos capaces de salir de nosotros mismos y de ese mundo enrarecido de nuestro propio yo.

En gran medida, el cauce para modificar esta actitud es abrirse a los intereses de los demás, descubrir el sentido de la solidaridad, dejar de pensar en uno mismo, para comenzar a pensar primero en los demás. Sin embargo, lo que permitirá salir verdaderamente del propio yo para romper esa dura coraza que es el egoísmo será enfocar la vida no desde los propios criterios sino desde los del Evangelio. Allí Jesús nos exhorta al olvido de nosotros mismos y a la entrega a los demás, partiendo de la enseñanza presente en su propia vida, lo cual es el sustrato básico  para modificar la actitud egocéntrica. Si no hay una antropología cristiana, es difícil – si no imposible- modificar la actitud egocéntrica, por eso hacemos esta súplica:

“Señor Jesús, que hermosa enseñanza nos dejas: debemos olvidarnos de nosotros mismos para poder curar esta enfermedad que nos hace tanto daño, porque nos lleva a tener una mirada rastrera de la vida, olvidándonos del que hombre es hombre en la medida en que se olvida de sí mismo y se entrega generosamente a los demás. Ayúdanos con tu gracia a darnos cuenta de las veces que pensamos y actuamos de ese modo tan egoísta”.

Otras manifestaciones

La otra manera en la cual se puede manifestar el egocentrismo es la suspicacia o susceptibilidad.

Esta tiene raíz en el egocentrismo y la complicación interior. “Que si no me tratan como merezco…, que si ese que se ha creído.., que no me tiene consideración…, que no se preocupan de mi…, que no se dan cuenta…”, y así ahogan la confianza y hacen realmente difícil la convivencia con ellos.

La suspicacia o susceptibilidad es la actitud de desconfianza y de recelo con relación a los demás, que limita la empatía y enrarece la convivencia. Las que la sufren son personas que se fían poco de los demás, que siempre están pensando que existe una doble intención en lo que dicen los otros y se mantienen en guardia permanente por lo que estos pudieran hacer. No es difícil suponer que esta actitud o desequilibrio emocional esté en casi todas las personas, ya que es fruto de agravios o vivencia de daños o perjuicios por parte de otros. Esta suspicacia puede tener su origen en pautas de crianza y estilos de aprendizajes en los que ha remarcado mucho el carácter hostil del mundo  y la convivencia humana. Veamos algunos ejemplos de ideas para alejar ese peligro:

  • Guardarse de la continua sospecha, que es un fuerte veneno contra la amistad y las buenas relaciones familiares;
  • No querer ver segundas intenciones en todo lo que hacen los demás;
  • No ser tan ácidos, tan críticos, tan cáusticos, tan demoledores: no se puede ir por la vida dando manotazos a diestra y siniestra;
  • Salvar siempre la buena intención de los demás: no tolerar críticas en la casa sobre familiares, vecinos, compañeros o profesores de los hijos;
  • Confiar en que todas las personas son buenas mientras no se demuestre lo contrario: cualquier ser humano, visto suficientemente de cerca y con buenos ojos, terminara por parecernos, en el fondo, una persona encantadora (Plotino decía que todo es bello para el que tiene el alma bella); es cuestión de ver con buenos ojos, de no etiquetarla por detalles de poca importancia ni juzgarla por la primera impresión externa;
  • No hurgar en heridas antiguas, resucitando viejos agravios o alimentando ansias de desquite;
  • Ser leal y hacer llegar nuestra crítica antes al interesado: darle oportunidad de rectificar antes de condenarlo, y no justificarlo con un simple “si ya se lo dije y no hace ni caso…, porque muchas veces no es verdad.
  • Soportarse a uno mismo, porque muchos que parecen resentidos con las personas que lo rodean, lo que en verdad sucede es que no consiguen luchar con deportividad contra sus propios defectos.
  • Reflexionemos en cómo podemos mejorar esto. Como decíamos al comienzo, partiendo en una actitud basada en los criterios del Evangelio, cambiando la visión, haciendo descubrir que todos tenemos defectos, que no somos perfectos… En síntesis, entrar en una espiritualidad de comunión que nos haga ver más allá de nuestras mezquindades y descubrir el profundo mensaje de amor a los demás que pasa también por poner la otra mejilla.

Pbro.Dr. Jorge A. Gandur

Recuperar la dignidad

Alguien dijo que en los años 60 y 70 la idea que funcionaba era la de la justicia y la verdad, por eso muchos jóvenes se metieron en los montes abrazando una lucha armada en búsqueda de una sociedad más justa. No habiendo funcionado esto, de allí en más predomino la idea de la libertad y la felicidad, lo que produjo los actuales e imaginables descalabros. ¡No se asumen proyectos de vida matrimonial ni vocacional tras una forma tan equivocada y pagana de ver lo que es el binomio libertad-felicidad, debido a la idea, el ideal obviamente mal concebido, que manejaron las posteriores generaciones! El hijo prodigo estuvo en esta.

¿Cuál es la palabra ultima que el Padre y la vida cristiana ofrecen como propuesta valedera? Dignidad, si, dignidad.

Precisamente eso ha perdido nuestro mundo, que es el hijo prodigo de toda la historia, hasta el punto de ver señoritas con latas de cerveza tiradas en el piso a las 5 de la mañana, tatuajes, piercing, estrafalarios vestidos y peinados, vocabulario denigrante, agresiones físicas filmadas y denunciadas como hazaña y mil cosas más.

¿Qué devuelve el padre? La dignidad. El anillo, la sandalia, la vestimenta. ¿Qué nos ofrece la Iglesia? Nuestra dignificación en su magníficos edificios y ceremonias para que nos sintamos herederos  del Cielo, hijos de Dios, comensales del banquete eucarístico. ¡Qué consolador es ver a una novia como princesa entrar al templo de Dios para recibir la bendición sobre su amor y su proyecto de vida!

Así nos trata Dios, así nos tratamos nosotros mismos lejos de Dios.

El drama del hermano mayor es no querer participar de una dignidad que de esta forma no la aprecia  en toda su magnitud, se opone al festín que el padre ha organizado y no se da cuenta de que toda su vida ha sido un festín, vivir dignamente. La fiesta es para dignificar y así deberían ser todas nuestras fiestas, pero una fiesta orgiástica con beberajes y desenfrenos, no dignifica.

Hasta esta pregunta deberíamos formularnos: ¿nuestras fiestas nos dignifican o son todo lo contrario? Entendemos a Dios, El nos dignifica, solamente El. Examinémonos ya en calidad de hermanos mayores que nunca terminaron de apreciar un vivir dignificante (en gracia), o de hermanos menores que recién apreciaron la dignidad cuando lo perdieron.

El alimento del amor

Más que una caricia o palabra, está la vida que compartimos y construimos juntos

Un estilo de vida excesivamente permisivo e indulgente con uno mismo es quizá una de las mayores hipotecas vitales que se pueden padecer

Un estilo de vida excesivamente permisivo e indulgente con uno mismo es quizá una de las mayores hipotecas vitales que se pueden padecer

 

Un famoso maestro se encontró frente a un grupo de jóvenes que estaban en contra del matrimonio. Los chicos argumentaban que el romanticismo constituye el verdadero sustento de las parejas y que es preferible acabar con la relación cuando este se apaga y no entrar en la hueca monotonía del matrimonio.

Toda una vida

El maestro les dijo que respetaba su opinión, pero les relató lo siguiente: Mis padres vivieron 55 años casados. Una mañana mi mamá bajaba las escaleras para prepararle a papá el desayuno y sufrió un infarto. Mi padre como pudo la subió a la camioneta y a toda velocidad, condujo hasta el hospital. Cuando llegó, por desgracia, ya había fallecido.

Durante el sepelio, mi padre no habló y casi no lloró. Esa noche sus hijos nos reunimos con él, recordando hermosas anécdotas. Mi padre escuchaba con atención, de pronto pidió que lo lleváramos al cementerio. “¡Papá”, respondimos, “son las 11 de la noche! No podemos ir al cementerio ahora”. Alzó la voz dijo: “No discutan conmigo por favor, no discutan con el hombre que acaba de perder a la que fue su esposa por 55 años.

Fuimos al cementerio, pedimos permiso al velador, con una linterna llegamos a la lápida. Mi padre la acarició, oró y nos dijo a sus hijos que veíamos la escena conmovidos: “Fueron 55 años… ¿saben?, nadie puede hablar del amor verdadero si no tiene idea de lo que es compartir la vida con una mujer así”. Hizo una pausa y se limpió la cara. “Ella y yo estuvimos juntos en aquella crisis. Cuando cambié de empleo y cuando vendimos la casa. Compartimos la alegría de ver a nuestros hijos terminar sus carreras, lloramos juntos la partida de seres queridos, rezamos juntos en la sala de espera de algunos hospitales, nos abrazamos en cada Navidad, y perdonamos nuestros errores…

El verdadero amor

Hijos, ahora se ha ido y estoy contento, ¿saben por qué?, porque se fue antes que yo, no tuvo que vivir la agonía y el dolor de enterrarme, de quedarse sola después de mi partida. Seré yo quien pase por eso, y le doy gracias a Dios. La amo tanto, que no me hubiera gustado que sufriera…”.

Esa noche entendí lo que es el verdadero amor; dista mucho del romanticismo, no tiene que ver demasiado con el erotismo, ni con el sexo, más bien se vincula al trabajo, al complemento, al cuidado y, sobre todo, al verdadero amor que se profesan dos personas realmente comprometidas”. Cuando el maestro terminó de hablar, los jóvenes universitarios no pudieron debatirle; ese tipo de amor era algo que no conocían.

 

Las heridas de los jóvenes

Grandes males de la juventud de hoy (narcisismo, pansexualismo y desconfianza) y como ayudarla. Texto de una Conferencia de Mons. José Ignacio Munilla 

El Pansexualismo es el “hipererotismo ambiental”, “el bombardeo de erotismo”, que “facilita las adicciones y conductas compulsivas”, provoca innumerables desequilibrios y la falta de dominio de la propia voluntad, hasta el punto de hacernos incapaces para la donación”.

“Como hay muchos jóvenes que han nacido y crecido en este contexto cultural pansexualista, llegan a percibirlo como normal. Es lo que ocurre a quien ha nacido y vivido a seis mil metros de altura: se ha acostumbrado a esa presión atmosférica. Pero aunque él no lo perciba subjetivamente, la presión atmosférica en la que vive afecta objetivamente a su organismo y a su salud”.

La sociedad primero separó el sexo de la procreación (sexo sin niños con la anticoncepción: niños sin sexo, con la fecundación artificial). “Se banaliza el gesto sexual, pasando a ser un gesto sin densidad y sin trascendencia, incluso llegando a convertirse en una mera diversión, un juego”.

Después la sociedad separo el amor del matrimonio y a continuación, el sexo del amor.

El sexo ya no es para el amor. Ni siquiera necesariamente para el placer. Puede ser para la venganza, para la queja…

Así el sexo para a ser “un instrumento para hacerse daño el uno al otro”. Esto último, lo de utilizar el sexo para vengarse o hacerse daño, es muy frecuente: “Si él ha jugado conmigo, yo también sabré jugar con otros. No voy a volver a sufrir de esta manera, no me volverán a hacer daño. Simplemente me divertiré con ellos”.

“Se llega a sembrar la idea de que la libertad se identifica con no comprometerse; es decir: la fidelidad implicaría esclavitud, mientras que la infidelidad implicaría libertad”.

Como vencer el pansexualismo

Monseñor José Ignacio Munilla es directo y propone “rescatar la virtud de la castidad de su impopularidad”. Para poder ´darse´ primero hay que ´poseerse´. Nadie puede decir en verdad a Dios: ´Señor, aquí me tienes, soy todo tuyo´, si no se ha tomado en serio la batalla de la realeza cristiana, es decir, la batalla de la castidad, entre otras cosas. Es importante que transmitamos a los jóvenes que la conquista del mundo pasa por la conquista de uno mismo”.

Para eso la “castidad está muy ligada a la sinceridad, a la transparencia en las relaciones afectivas”. “La batalla por la castidad puede ser a veces una batalla larga. En estas ocasiones hay que aplicar la máxima: no hacer las paces con la tentación, pero tampoco perder la paz por verse tentado”.

Segunda herida: así funciona la desconfianza

Monseñor Munilla se refiere al “síndrome de desconfianza”: “inseguridad en uno mismo, acompañado de una notable dificultad para confiar en otros y en Dios. La herida afectiva de la desconfianza supone la sensación de no pisar suelo firme y el temor por el futuro”.

Hablando con personas mayores “no es extraño escucharles contar que nacieron y vivieron sin cerraduras en las puertas de sus hogares”. La desconfianza no siempre marco a los jóvenes. Va ligada a la soledad, que es “uno de los grandes dramas de nuestros tiempos; y difícilmente podrá ser paliada por la comunicación en las redes sociales, en numerosas ocasiones en el anonimato, a través  de un nick falso o inidentificable”.

Una sociedad con divorcio frecuente es además una sociedad que genera desconfianza, incluso si no llega a producirse la ruptura: “Cuando un niño o un adolescente desde su habitación escucha a sus padres discutir, faltándose al respeto, llega a albergar dolorosas dudas sobre si su familia continuara unida al día siguiente o si tomará la decisión de la separación… No dudemos de que así se están poniendo las bases del síndrome de la desconfianza”.

“Las traiciones en las amistades, así como las infidelidades en las relaciones amorosas, pueden provocar una decepción y una desconfianza generalizada hacia todos y hacia todo. Se llega a desconfiar de la vida en sí misma, tal vez incluso, se llega a desconfiar de Dios, autor de la vida.

Como vencer la desconfianza

Moneñor Munilla recuerda a san Juan Bosco, un gran evangelizador de jóvenes que se ganaba a los muchachos demostrando que él si confiaba en ellos. “Cuando un joven comprueba que nos fiamos de él, que poco a poco vamos delegando en él pequeñas responsabilidades, que lo sentimos como miembro vivo de la Iglesia y no como mero cliente de ella, entonces empieza a superar su tendencia a la desconfianza. Es decir, el método podríamos resumirlo así: Si quieres que alguien confíe en Dios, empieza tu por confiar en él”.

Al joven no podemos transmitirle la imagen de que lo queremos interesadamente: exclusivamente para darle un sacramento. ¡No! Lo queremos a él, nos interesa él, su vida, sus inquietudes, sus problemas…”

¿Y sabes una cosa?, ¡El corazón no es de quien lo rompe, sino de quien lo repara! Es decir, el corazón del joven es de Cristo, es del Corazón de Cristo”.

Mons. José Ignacio Munilla – Obispo de San Sebastián, España