DOMINGO DE RESURRECCIÓN

Jesùs Resucitò

Cristo verdaderamente resucitó de la muerte, ganando para nosotros nueva vida. (Secuencia del Domingo de Resurrección)

Reflexión

En el Domingo de Resurrección, la Iglesia contempla a Cristo resucitado. Así revive la experiencia primordial en que descansa la base de su existencia. Ella experimenta la misma maravilla que María Magdalena y las otras mujeres que fueron a la tumba de Cristo en la mañana de Pascua y la encontraron vacía. Esa tumba llegó a ser la matriz de la vida. Quienquiera que había condenado a Jesús, creyó que El había enterrado su causa bajo una lápida helada. Los mismos discípulos experimentaron el sentimiento del fracaso irreparable. Entendemos su sorpresa, entonces, e incluso su desconfianza ante las noticias de la tumba vacía. Pero el Resucitado no demoró en dejarse ver El mismo y ellos se rindieron a la realidad. ¡Ellos vieron y creyeron! Dos mil años más tarde, nosotros sentimos todavía la emoción indecible que los venció cuando ellos oyeron el saludo del Maestro: “la Paz esté con ustedes…” La Resurrección de Cristo es la fuerza, el secreto de la Cristiandad. No es una pregunta de la mitología ni de mero simbolismo, si no un acontecimiento concreto. Es confirmado por pruebas seguras y convincentes. La aceptación de esta verdad, aunque es fruto de la gracia de Espíritu Santo, descansa al mismo tiempo en una base histórica sólida. En el umbral del tercer milenio, el nuevo esfuerzo por la evangelización puede empezar sólo de una experiencia renovada de este Misterio, aceptado en la fe y presenciado en la vida. … Papa Juan Pablo II

Sàbado De Gloria

Sàbado de Gloria

Durante el día del sábado, como una viuda, la Iglesia llora la muerte de su Esposo.

La Iglesia permanece junto al sepulcro del Señor., meditando su pasión y muerte y aquél “descenso a los infiernos” – al lugar de los muertos – que confesamos en el Credo y que prolonga la humillación de la cruz, manifestando el realismo de la muerte de Jesús, cuya alma conoció en verdad la separación del cuerpo y se unió a las restantes almas de los justos. Pero el descenso al reino de muerte es también el primer movimiento de la victoria de Cristo sobre la misma.

Hoy no se celebra sacrificio de la Misa ni se recibe comunión – a no ser el caso de viático -, aunque se reza la liturgia de las Horas. El altar permanece por todo ello desnudo hasta que, después de la solemne Vigilia o expectación nocturna de la Resurrección, se inauguren los gozos de la Pascua, cuya exuberancia inundará los cincuenta días pasados.

Tomado de EWTN

Viernes Santo

Viernes Santo

El Viernes Santo es un día de duelo, el mayor de todos. Cristo muere. El dominio de la muerte, consecuencia del pecado, sobre todas nuestras vidas humanas alcanza incluso al jefe de la humanidad, el Hijo de Dios hecho hombre.

Pero, como todos los cristianos saben, esta muerte que Jesús ha compartido con nosotros y que fue tan atroz para él, respondía a los designios de Dios sobre la salvación del mundo y aceptada por el Hijo para nuestra redención. Desde entonces la cruz de Cristo es la gloria de los cristianos. “Para nosotros toda nuestra gloria está en la cruz de nuestro Señor Jesucristo” y, hoy, lo repite la Iglesia y presenta la misma cruz para nuestra adoración: “He aquí el madero de la cruz, del cual pendió la salvación del mundo”. Por ello, el Viernes Santo es al mismo tiempo que un día de luto, el día que ha devuelto la esperanza a los hombres; él nos lleva a la alegría de la resurrección.

La acción litúrgica con que la Iglesia celebra, por la tarde, la redención del mundo, debería ser amada de todos los cristianos. En este día, el recuerdo solemne de la Pasión, las grandes oraciones en que la Iglesia ora confiada por la salvación de todos los hombres, la adoración de la cruz y el canto de los improperios son algo más que ritos emocionantes; es la oración y el hacinamiento de gracias de los rescatados que, en comunidad, adquieren conciencia ante Dios de todo lo que el misterio de la cruz representa para ellos.

Tomado de EWTN

Jueves Santo

Jueves SantoLa liturgia del Jueves Santo es una invitación a profundizar concretamente en el misterio de la Pasión de Cristo, ya que quien desee seguirle tiene que sentarse a su mesa y, con máximo recogimiento, ser espectador de todo lo que aconteció ‘en la noche en que iban a entregarlo’. Y por otro lado, el mismo Señor Jesús nos da un testimonio idóneo de la vocación al servicio del mundo y de la Iglesia que tenemos todos los fieles cuando decide lavarle los pies.

En este sentido, el Evangelio de San Juan presenta a Jesús ‘sabiendo que el Padre había puesto todo en sus manos, que venía de Dios y a Dios volvía’ pero que, ante cada hombre, siente tal amor que, igual que hizo con sus discípulos, se arrodilla y le lava los pies, como gesto inquietante de una acogida incansable.

San Pablo completa el retablo recordando a todas las comunidades cristianas lo que él mismo recibió: que aquella memorable noche la entrega de Cristo llegó a hacerse sacramento permanente en un pan y en un vino que convierten en alimento su Cuerpo y Sangre para todos los que quieran recordarle y esperar su venida al final de los tiempos, quedando instituida la Eucaristía.

La Santa Misa es entonces la celebración de la Cena del Señor en la cuál Jesús, un día como hoy, la víspera de su pasión, “mientras cenaba con sus discípulos tomó pan…” (Mt 28, 26).

Él quiso que, como en su última Cena, sus discípulos nos reuniéramos y nos acordáramos de Él bendiciendo el pan y el vino: “Hagan esto en memoria mía” (Lc 22,19).

Antes de ser entregado, Cristo se entrega como alimento. Sin embargo, en esa Cena, el Señor Jesús celebra su muerte: lo que hizo, lo hizo como anuncio profético y ofrecimiento anticipado y real de su muerte antes de su Pasión. Por eso “cuando comemos de ese pan y bebemos de esa copa, proclamamos la muerte del Señor hasta que vuelva” (1 Cor 11, 26).

De aquí que podamos decir que la Eucaristía es memorial no tanto de la Ultima Cena, sino de la Muerte de Cristo que es Señor, y “Señor de la Muerte”, es decir, el Resucitado cuyo regreso esperamos según lo prometió Él mismo en su despedida: ” un poco y ya no me veréis y otro poco y me volveréis a ver” (Jn 16,16).

Como dice el prefacio de este día: “Cristo verdadero y único sacerdote, se ofreció como víctima de salvación y nos mandó perpetuar esta ofrenda en conmemoración suya”. Pero esta Eucaristía debe celebrarse con características propias: como Misa “en la Cena del Señor”.

En esta Misa, de manera distinta a todas las demás Eucaristías, no celebramos “directamente” ni la muerte ni la Resurrección de Cristo. No nos adelantamos al Viernes Santo ni a la Noche de Pascua.

Hoy celebramos la alegría de saber que esa muerte del Señor, que no terminó en el fracaso sino en el éxito, tuvo un por qué y para qué: fue una “entrega”, un “darse”, fue “por algo” o, mejor dicho, “por alguien” y nada menos que por “nosotros y por nuestra salvación” (Credo). “Nadie me quita la vida, había dicho Jesús, sino que Yo la entrego libremente. Yo tengo poder para entregarla.” (Jn 10,16), y hoy nos dice que fue para “remisión de los pecados” (Mt 26,28).

Por eso esta Eucaristía debe celebrarse lo más solemnemente posible, pero, en los cantos, en el mensaje, en los signos, no debe ser ni tan festiva ni tan jubilosamente explosiva como la Noche de Pascua, noche en que celebramos el desenlace glorioso de esta entrega, sin el cual hubiera sido inútil; hubiera sido la entrega de uno más que muere por los pobre y no los libera. Pero tampoco esta Misa está llena de la solemne y contrita tristeza del Viernes Santo, porque lo que nos interesa “subrayar”; en este momento, es que “el Padre nos entregó a su Hijo para que tengamos vida eterna” (Jn 3, 16) y que el Hijo se entregó voluntariamente a nosotros independientemente de que se haya tenido que ser o no, muriendo en una cruz ignominiosa.

Hoy hay alegría y la iglesia rompe la austeridad cuaresmal cantando él “gloria”: es la alegría del que se sabe amado por Dios, pero al mismo tiempo es sobria y dolorida, porque conocemos el precio que le costamos a Cristo.

Podríamos decir que la alegría es por nosotros y el dolor por Él. Sin embargo predomina el gozo porque en el amor nunca podemos hablar estrictamente de tristeza, porque el que da y se da con amor y por amor lo hace con alegría y para dar alegría.

Podemos decir que hoy celebramos con la liturgia (1a Lectura). La Pascua, pero la de la Noche del Éxodo (Ex 12) y no la de la llegada a la Tierra Prometida (Jos. 5, 10-ss).

Hoy inicia la fiesta de la “crisis pascual”, es decir de la lucha entre la muerte y la vida, ya que la vida nunca fue absorbida por la muerte pero si combatida por ella. La noche del sábado de Gloria es el canto a la victoria pero teñida de sangre y hoy es el himno a la lucha pero de quien lleva la victoria porque su arma es el amor.

Fuente: Aciprensa

Alguien debe…

Jesùs entra triunfalmente porque ansìa morir por nosotros.Porque va a vencer el pecado, a la muerte y al demonio, nuestro enemigo.

Jesùs entra triunfalmente porque ansìa morir por nosotros.Porque va a vencer el pecado, a la muerte y al demonio, nuestro enemigo.

Dentro de las insondables riquezas de la Semana Santa la Iglesia nos propone la meditación del Domingo de Ramos de la Pasión según san Marcos y el Viernes Santo, como siempre, según san Juan. Para santo Tomas de Aquino la Pasión de Cristo tiene que aleccionarnos sobre el amor de Dios y la negrura del pecado. Pero el ánimo que mueve a Cristo de su proeza es restituir el equilibrio de la creación que se ve afectado por la tremenda injusticia de las ofensas al Creador. Alguien debe pagar la enorme deuda, alguien debe desagraviar, y el único que tiene la capacidad es el Hijo de Dios, que se hace hombre para eso, y de allí se seguirá como consecuencia, no como fin, la redención del género humano.

Como el pecado es extrema maldad, hay oscuras fuerzas que se mueve –precisamente en este episodio de la Cruz –, el Infierno y sus habitantes, que viven la muerte continua de su voluntaria y efectiva separación de Dios, y también la de aquellos hombres que están todavía en la tierra pero que serán los moradores de esas regiones.

El amor, por lo tanto, debe enfrentarse al odio y no claudicar a la verdad; los que no quieren ser perdonados no serán perdonados porque no quieren serlo; Dios tiene hijos, no esclavos, y respetara la decisión de aquellos hijos rebeldes que quieren dejar de ser hijos porque desean ser dioses, dueños de si y de su destino, felices en sí, y por lo tanto muertos en el tiempo y la eternidad, porque el alma es la vida del cuerpo y Dios es la vida del alma.

Un drama de semejantes proporciones se enfrenta en el certamen de los certámenes con la pena de que tanto amor no sea suficiente para algunos, y no los peores, son las vírgenes necias, por ejemplo, que no saben encontrarse con la misericordia; no pueden, no quieren, y deberán ser desconocidas –“no los conozco”—por Dios y los bienaventurados que deberán borrar de su conocer y amar a aquellos que no desean ser conocidos y amados.

No es extraño que tan inconmensurable dramaticidad tenga tan inconmensurables proporciones en la Cruz, no podía ser de ningún otro modo y todos los años disponemos de una semana para meditarlo, sabiendo de antemano su feliz epílogo, la Resurrección.

Comienza la Cuaresma

Cuaresma

No se nos vaya a ocurrir, al encarnar nuevamente este tiempo de gracia, de pensar que vaya a estar dedicado exclusivamente a los grandes pecadores para que puedan convertirse de sus extravíos, sino que este más bien dedicado a algo peor, algo mucho peor, la tibieza, mediocridad, fariseísmo, lo que es grave porque parecen esos cuerpos semimuertos que ha perdido sensibilidad y por eso nada los mueve ni los inquieta; en una palabra, no pueden tampoco suscitar los poderosos motores del arrepentimiento, porque ni siquiera disponen de nada que avergüence como es el caso de aquellos feos pecados que tienen los pecadores. ¿Quién se avergüenza de no ser humilde, servicial, sufrido, manso, etc.?

Por eso hay que advertir que lo más difícil no está en pasar de malo a bueno, sino de bueno a santo, y este es el cometido de la Cuaresma. Cuando a veces iniciamos un régimen para adelgazar los primeros kilos casi no cuestan, pero si después los gramos. Pasar de bueno a santo es una dedicada obra de la gracia con nuestra cooperación. Seamos dóciles al Espíritu Santo en este tiempo penitencial.