Tiempo de ayuno y solidaridad

La Cuaresma es el tiempo de gracia y salvación, en el que todos estamos invitados a convertirnos en el camino de las practicas penitenciales, el silencio y el desierto, la oración más intensa, la limosna y el ayuno, del que el mejor paradigma y modelo es el Señor, que ayuna en el desierto durante cuarenta días y cuarenta noches (Mt 4,2).

Refrena el pecado y los malos deseos

Hemos de reconocer que el ayuno como práctica penitencial no está en su mejor momento […]. La Sagrada Escritura y la tradición cristiana enseñan que el ayuno es una gran ayuda para evitar el pecado y un medio para recuperar la amistad con el Señor. Por ello, la palabra de Dios nos invita muchas veces a ayunar. Jesús nos da el ejemplo ayunando en el desierto y rechazando el alimento ofrecido por el diablo. La práctica del ayuno esta también muy presente en la primera comunidad cristiana y los Padres de la Iglesia hablan de la fuerza del ayuno, capaz de frenar el pecado, reprimir los deseos del “viejo Adán” y abrir en nuestro corazón el camino hacia Dios.

¿Dieta sí, ayuno no?

En nuestros días, la práctica del ayuno ha perdido relevancia desde la perspectiva  ascética y espiritual. En muchos ambientes cristianos ha llegado incluso a desaparecer, incluso el ayuno y la abstinencia prescritos por la Iglesia en Cuaresma. Al mismo tiempo, ha ido acreditándose como una medida terapéutica conveniente para el cuidado del propio cuerpo y como fuente de salud. Siendo esto cierto a juicio de los expertos, para nosotros los cristianos el ayuno es una “terapia” para cuidar todo lo que nos impide conformarnos con la voluntad de Dios. El ayuno nos ayuda a no vivir para nosotros mismos, sino para Aquel que nos amo y se entrego por nosotros y a vivir también para nuestros hermanos.

Romper los apegos que nos separan de Dios

La Cuaresma[…] nos depara la oportunidad de recuperar el auténtico significado de esta antigua practica penitencial, que nos ayuda a mortificar nuestro egoísmo, a romper con los apegos que nos separan de Dios, a controlar nuestros apetitos desordenados y a ser más receptivos a la gracia de Dios. El ayuno contribuye a  afianzar nuestra conversión al Señor y a nuestros hermanos, a entregarnos totalmente a Dios y a abrir el corazón al amor de Dios y del prójimo, primer y sumo mandamiento de la nueva ley  y compendio de todo el Evangelio. El ayuno nos ayuda a crecer en intimidad con el Señor. Así lo reconoce San Agustín en su pequeño tratado sobre “La utilidad del ayuno” cuando afirma: “Yo sufro, es verdad, para que El me perdone; yo me castigo para que El me socorra, para que yo sea agradable a sus ojos, para gustar su dulzura”. La privación voluntaria del alimento material nos dispone interiormente para escuchar a Cristo y alimentarnos de su palabra de salvación. Con el ayuno y la oración más constante y dilatada en estos días de Cuaresma, el Señor sacia cumplidamente los anhelos más profundos del corazón humano, el hambre y la sed de Dios.

Nos abre los ojos al prójimo

La práctica voluntaria del ayuno nos permite caer también en la cuenta de la tristísima situación en que viven muchos hermanos nuestros, casi un tercio de la humanidad, que se ven forzados a ayunar como consecuencia de la injusta distribución de los bienes de la tierra y de la insolidaridad de los países desarrollados, sin olvidar también a nuestros hermanos en las áreas urbano marginales de  nuestras localidades. Desde la experiencia ascética del ayuno, y por amor a Dios, hemos de inclinarnos como el buen Samaritano sobre los hermanos que padecen hambre, para compartir con ellos nuestros bienes. Y no solo aquellos que nos sobran, sino aquellos que estimamos necesarios, porque si el amor no nos duele es una amor engañoso. Con ello demostraremos que nuestros hermanos necesitados no nos son extraños, sino alguien que nos pertenece.

En la antigüedad cristiana se daba a los pobres el producto del ayuno. En la coyuntura  social que estamos viviendo como consecuencia de la crisis económica, hemos de redescubrir  y promover esta práctica penitencial de la primitiva Iglesia […]

+ Juan José Asenjo Pelegrina – Arzobispo de Sevilla

LA PEOR TENTACIÓN

LA PEOR TENTACIÓN

LA PEOR TENTACIÓN

 

“El tentador se le acercó y le dijo: Si eres el Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en panes”. (Mt 4,3)

El Señor quiso pasar por la prueba más común que sufre cualquier hombre: la de la tentación. Así nos demostraba su completa solidaridad con nosotros. Una de las tentaciones fue la de la inactividad, la de la pereza, la de recurrir a los milagros en vez de poner todo de nuestra parte para que se resuelvan todos los problemas. Los milagros existen y hay que pedirlos, pero no a costa de que sirvan para cultivar la indolencia.

Para colmo, para muchos tienen la osadía de hacerle a Dios responsable de las cosas que van mal en el mundo mientras ellos no hacen nada para solucionarlas. La Madre Teresa decía: “Lo que tu puedes hacer es muy poco, apenas una gota de agua en un desierto, pero de ese poco tu eres responsable”. Por lo tanto, es injusto y ofensivo criticar a Dios o a los demás por las cosas que van mal mientras no se está haciendo todo lo posible para solucionar los problemas. Esta tentación se vence aceptando el compromiso, el esfuerzo que representa ayudar a los demás. A la vez hay que rezar, sabiendo que nuestras fuerzas no son suficientes para superar los problemas. Los milagros de Dios deben encontrarnos trabajando.

Suele suceder, además, que las personas que hacen el bien incluso de forma heroica no tienen crisis de fe. La Madre Teresa es un ejemplo, y como ellas tantos misioneros, religiosos y religiosas.

Simplemente, se limitan a aceptar el misterio de Dios y a no perder el tiempo con crisis que para lo único que sirven es para quitarles fuerzas en su trabajo de ayudar a los pobres.

P. Santiago Martin, fm

RESCATE DE VALORES ES TAREA DE TODOS

A todos en general se les reserva la responsabilidad y el compromiso de contribuir, permanentemente, en la recuperación de los valores perdidos e ignorados en el tiempo, por el quebranto de la institución familiar; en gran parte de los maestros, que no asumieron en su momento acciones de orientación de la conducta de sus alumnos y el escaso aporte de los gobiernos y medios de comunicación para lograr un cambio de actitud de la juventud en su tránsito por caminos equivocados.

Las naciones, para vivir en un ambiente de paz, comprensión, confianza, de respeto al prójimo y sin violencia, aparte de su estructura socioeconómica, dependen y responden a un proceso informativo de sus habitantes, desde el hogar, escuela y medios sociales. El maestro, en todos sus niveles, en su condición de guía, orienta la conducta con su ejemplo, pero este compromiso moral se desvió, en muchos casos, por el acoso y afán de lucro.

El irrespeto y la violencia se han extendido en todos los sectores, hogar, estadios y centros de diversión, entre otros, aparentemente, sin que a nadie le preocupe, como si se tratara de hechos normales. En algún momento parece que se ha perdido todo indicio de esperanza por encontrar prontas soluciones.

La presencia de pandillas juveniles y el consumo de drogas no es problema reciente; ahora, ese desequilibrio social se acentúa con mayor incidencia en la población pobre y abandonada, por la irresponsable indiferencia en el tratamiento de esos terribles males. Hoy ya se han emprendido acciones programáticas, principalmente en los colegios para intentar erradicar ese espectro social. Hay que recordar que toda labor que se proyecte para combatir esos desórdenes, merece, inaplazablemente, el apoyo de la colectividad. Algunos medios de comunicación privados practican el sensacionalismo, tendencia por exagerar o escandalizar los hechos, principalmente, delictivos, para causar impacto en el publico con el siguiente error de exaltar la audacia de rufianes y de sicarios famosos. Ese estilo de hacer periodismo profana el valor moral, promueve la violencia y exalta, sin quererlo, el delito.

Se recuerda que la función del periodismo es informar y opinar tomando como base la verdad y a motivar la práctica de los valores como la paz, la justicia y el respeto a sus semejantes.

Es innegable que la ambición y el dinero diseñan negativamente la conducta del ser humano y obliga a pensar en una reconquista de valores. En la selección de los nuevos maestros se debe considerar, especialmente, sus dotes morales, para garantizar una información adecuada de las venideras generaciones. Aunque hay que reconocer que continúan en funciones, maestros que entienden y cumplen su alta misión.

Insistimos que, en el rescate de valores, es obligación el aporte cívico y desinteresado de todos: Gobierno, maestros, padres de familia y medios de comunicación, prensa, radio y televisión.

Oswaldo Ávila Figueroa –  ex docente universitario

NO BASTA CON NO SER MALO

“Os lo aseguro: Si no sois mejores que los escribas y fariseos, no entraréis en el Reino de los Cielos” (Mt 5, 20-22a).

El termino “fariseos” esta tan desprestigiado, que nos resulta difícil comprender lo que nos quería decir Jesús cuando ponía esa comparación e invitaba a sus discípulos a ser mejores que ellos. En realidad, en aquella época los fariseos eran los más religiosos, observantes y fieles defensores de Dios. Si tuviéramos que buscar un equivalente, diríamos que eran los de “misa diaria”; esta comparación nos es justa e incluso es ofensiva en si misma, pero nos sirve para entender que los apóstoles estaban siendo invitados a ser mejores que los mejores judíos. Pero ¿mejores en que?

Desde luego no se trataba de ser más puntilloso y exigentes en cuestiones litúrgicas o en asuntos rituales (descanso del sábado, reglas culinarias, impuestos al templo, etc.). Lo que Jesús quería era que se superara por arriba la limitación que mantenía encorsetado el corazón del buen judío, del fariseo. Ciertamente, esto solo lo pudieron entender bien los apóstoles al final de la vida de Cristo (cuando en la Ultima Cena, les da el mandamiento nuevo) y, sobre todo, después de la venida del Espíritu Santo.

Pero ya entonces pudieron comprender algo de lo que el Señor quería enseñarles. Para Jesús no se trataba de quedarse contento con no hacer el mal o cumplir las leyes; lo que El pedía  a sus seguidores es que fueran más allá, que hicieran todo el bien posible, que no se quedaran satisfechos hasta que no hubieran ayudado al prójimo con todas sus fuerzas. Cristo no pedía ni pide imposibles; pide, simplemente, que amemos. Y amar empieza por no hacer el mal y sigue por hacer el bien. Como El hizo.

P. Santiago Martin fm

SER SAL Y SER LUZ

Una de las mejores cosas que nos dijo Jesús de nosotros es precisamente lo que aparece en el Evangelio del ultimo domingo: ser sal, ser luz. El asunto está en que ser sal y en qué ser luz.

Partamos que las cosas existen, pero sin luz no tienen contorno ni color, y que la comida puede estar hecha, pero sin la sal no tiene sabor.

Ser sal, ser luz, es hacer que las cosas siendo las mismas sean distintas, sean brillantes, sean atractivas, sean sabrosas. Ahora viene el cometido de aplicar estos conceptos a la trama de nuestra vida cristiana y humana. Hoy en gran medida todo perdió brillo y sabor, por eso se busca lo espectacular, lo adrenalínico, lo emocionante. En efecto, la familia es aburrida, el televisor prendido, cada uno en internet, es solamente un dormidero, le falta luz, le falta sabor. Algunos dicen, la misa es aburrida, el rosario es aburrido.

En el mundo en que vivimos solo parece tener luz y sabor de amiguismo, el celular, la borrachera, el bailongo, la velocidad, la discoteca, la pelea, el terror, los desenfrenos, las adicciones, cualquiera sean, droga, juego, la droga del sexo como lo es siempre fuera de la instancia familiar, etc.

En el fondo, se busca fuera de la vida, porque la vida misma perdió luz y sabor. ¿Y que se encuentra? La hipotermia espiritual, se gastan las pocas energías en esa experiencia terrible que lleva a rechinar dientes, como en toda hipotermia.

De esa forma advertimos que debemos ir en rescate de la vida misma, tan terriblemente vulnerada. ¿Cómo? Dándole sentido. Si, dándole sentido. Sentido es orientación, es proclamar a donde vamos, a Dios.

Sin la meta de Dios dejamos de ser pfeeregrinos y pasamos a ser vagabundos, como afirma el papa Francisco en la Evangelii Gaudium, o transitamos la multiplicidad de senderos que no llevan a ninguna parte, como dice la Lumen fidei. Qué triste y desolador es no saber para qué, ni por qué es lo que hacemos y somos, o creer que lo que hacemos y somos es para el tener y el placer, y porque a los demás les cae bien, así sea esto el aborto y la unión gay o simplemente la mundanidad contenida en las pautas recién señaladas como hipotermia espiritual.

La vida cristiana ofrece el más bello sentido a realidades que el mundano considera patéticas, como la pobreza y el dolor; nos dice que la libertad es elegir lo mejor, ser elegantes (saber elegir); nos dice que es la felicidad, que no puede ser lo que nos pudre, ya que esto nos aleja de Dios y nos hace perder el precioso tiempo en la nada; nos enseña a vivir con sublimidad, como Cristo. Nos propone la castidad; al joven, al célibe, al viudo y al casado les regla la sexualidad para que esta no los animalice.

Fe, esperanza, caridad, eso es ser sal y ser luz.

Cuando se pierde la fe, todo pierde sentido, por eso en la parábola del sembrador el enemigo lo primero que hace es quitar la fe, la poca que queda la seca con tristezas o la pudre con falsas alegrías. Y señalemos la última instancia, la vida interior. El que la tiene, posee el secreto de la juventud, porque todos los días cuando abre la ventana descubre el sol como nuevo; cuando el sol es el mismo de ayer, ya es viejo. Pero la vida interior necesita paz interior, por eso ahí viene la confesión.

También tenemos la Eucaristía; pero es un verdadero despropósito “también”. ¿Qué?, ¿acaso no es toda la luz y la sal? Y también tenemos a María, “también”. ¿Cómo entonces no ser sal y luz?

Hasta pronto

Viene a nacer en ti

La gratuidad del amor de Dios no debe quedar en nosotros en bellos sentimientos sino en la nueva Vida que quiere formar  parte de la nuestra y que nos eleva hacia El.

No es un hecho simbólico, sino una realidad: cada vez que comulgamos Cristo nace en nosotros nuevamente

No es un hecho simbólico, sino una realidad: cada vez que comulgamos Cristo nace en nosotros nuevamente

Madre Teresa nos ha recordado cual fue el resorte secreto de su servicio a los pobres y de toda su vida: el amor por Jesús. Y este es también  el secreto para celebrar una verdadera Navidad. En el canto navideño Adeste Fideles  hay un verso que dice: ¿Sicnos amentem quis non redamaret? “¿Cómo no corresponder a uno que nos ha amado tanto?”. Un corazón amante es el único pesebre donde Cristo ama llegar en Navidad.

¿Pero dónde hallar ese amor? Madre Teresa sabía a quién pedirlo: ¡a María! Una de sus oraciones dice:

“María, mi amadísima Madre, dame tu corazón tan bello, tan puro, tan inmaculado, tan lleno de amor y de humildad, para que pueda recibir a Jesús como tú lo hiciste e ir rápidamente a darlo a los demás”.

Pero debemos, en este punto, ser más intrépidos aún que Madre Teresa. Ella tiene una maravillosa espiritualidad [pero a esta espiritualidad] faltaba la reflexión teológica (no de la vida) de una clara perspectiva trinitaria que ahora […] parece la fuente y la forma de toda santidad cristiana. La suya, como recordaba el Postulador de la causa, es una espiritualidad “Jesúscentrica” más que trinitaria […].

Vocación a ser dignos de Dios

¿Qué descubrimos de nuevo respecto al amor de Jesús partiendo de una perspectiva trinitaria? Algo extraordinario: que existe un amor por Jesús perfecto, infinito, solo digno de El, “no es posible pensar en uno mayor “, y descubrimos que existe para nosotros la posibilidad de formar parte de él, de hacerlo nuestro, de acoger con este a Jesús en Navidad. Es el amor con el que el Padre celeste ama a su Hijo en el momento mismo de generarlo.

En el bautismo hemos recibido tal amor, porque el amor con el que el Padre desde la eternidad ama al Hijo se llama el Espíritu Santo y nosotros hemos recibido el Espíritu Santo. ¿Qué creemos que es aquel “amor de Dios que ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo” (cf.Rm 5,5) más que literalmente, el amor de Dios, esto es, el amor eterno, increado, con el que el Padre ama al Hijo y del que procede todo amor? […].

Inmersos en un torbellino

Los místicos nos han enseñado precisamente esto: que, por gracia, nosotros estamos introducidos en el torbellino de la vida trinitaria […]. Y es Jesús mismo quien nos asegura esto muy claramente: “[…] para que el amor con que tú me has amado este en ellos y yo en ellos”, dice dirigiéndose al Padre (Jn 17,26). En nosotros, por lo tanto, por gracia, existe el mismo amor con el que el Padre ama al Hijo. ¡Qué descubrimiento, que horizontes para nuestra oración y nuestra contemplación! El cristianismo es gracia, y la gracia no es sino esto: participación en la naturaleza divina (2 P 1,4), o sea, en el amor divino, siendo el amor la “naturaleza” propia, aquello de lo que está hecho, el Dios de la Biblia.

Navidad en el fondo del alma

Algunos místicos, como Eckhart, han hablado de una navidad especial, misteriosa, que ocurre en el “fondo del alma”. Esta se celebra cuando la criatura humana, con su fe y humildad, permite a Dios Padre generar de nuevo en ella al propio Hijo […].

El místico alemán Angelo Silesio expreso esta idea en dos versos: “Por mil veces que naciera Cristo en Belén/ si en ti no nace estas perdido por la eternidad” […].

No es necesario tener “sentimientos” particulares (¿Quién puede “sentir” algo así?); basta creer y, en el momento de recibir el cuerpo y la sangre de Cristo la noche de Navidad, decir con sencillez: “Jesús, te acojo como te acogió María, tu Madre; te  amo con el amor con que te ama el Padre celeste, esto es, con el Espíritu Santo”.

P. Raniero Cantalamessa O

 

El único signo vital

Muchos estiman que convertirse es morir algo bueno para someterse a algo pesado, aburrido, opresivo, quedando así anclados en la mediocridad. Los cristianos que viven en camino de conversión son los únicos en que el Espíritu Santo vive y obra. La conversión continua, a la que nos invita el Adviento tan especialmente, es la garantía de que no estamos muriendo espiritualmente.

Adviento quiere decir Dios que viene, porque quiere que “todos los hombres sean salvos y vengan al conocimiento de la verdad” (1 Tim 2,4). Y esa salvación nos invita a todos a una preparación penitencial. Si Jesús viene para salvarnos, nosotros debemos reconocer que nos hemos alejado de su presencia y debemos volver nuestros ojos hacia El. Por eso una de las actitudes propias de este tiempo es el de la conversión, y esta fue también nota predominante de la predicación de Juan Bautista.

Caminar hacia Dios o hacia nosotros mismos

¡Fijémonos en Juan el Bautista! Esta ante nosotros exigiendo y dando testimonio, ejerciendo, pues, ejemplarmente la tarea encomendada como precursor del Salvador. El es el que llama con todo rigor a la conversión. Nuestro punto de vista neutral es, desde luego, querer afirmarnos siempre a nosotros mismos, pagar con la misma moneda, ponernos siempre en el centro. Quien quiera encontrar a Dios tiene que convertirse interiormente una y otra vez, caminar en la dirección divina. Es preciso convertirse y transformarse interiormente, vencer la ilusión de lo aparente y hacerse sensible, afinar el oído y el espíritu para percibir lo verdadero.

El llamado del Bautista a la conversión es dar una nueva dirección a nuestra mente, disponerla para percibir la presencia de Dios, cambiar nuestro modo de pensar, considerar que Dios se hará presente en el mundo en medio de nosotros y por nosotros. Ni siquiera Juan el Bautista fue ajeno al difícil acontecimiento de transformar su pensamiento, de convertirse. ¡Cuán cierto es que éste es también el destino de cada fiel cristiano que anuncia a Cristo, al que conocemos y no conocemos!

Necesidad, ni lujo ni elección

Por esta razón es necesaria una preparación interior, es necesaria la conversión. Convertirse es siempre volverse de… para volverse a Jesús como Salvador, para tener salvación y Vida Nueva. Es un camino en el que hay que dar un giro de regreso por estar yendo en la dirección incorrecta; darse cuenta del error, decidirse a dar media vuelta y dirigirse después en dirección correcta. En cada momento de conversión se puede dar un brinco fuerte y alto; o bien, brincos débiles y muy sencillos, pero siempre es salir de… e ir a… subir siempre hacia más arriba.

En un termómetro, hay bajo cero y sobre cero. La primera conversión es salir de bajo cero, y la conversión permanente, es estar ya sobre cero, e ir dejando al hombre viejo y llegar a plenitud del hombre nuevo, según la invitación a ascender, el Espíritu Santo en nuestro interior nos impulsa a hacerlo. Es dejar morir al hombre viejo, al pecado, a la carne; y caminar y ascender hasta la total transformación en Jesús.

"Jesús llega" por tanto debemos convertirnos hacia El: ese es el único modo de recibirlo, aceptarlo. A veces los sentimientos favorables nos hacen creer que aceptamos a Dios, pero el testimonio del Bautista, en él mismo, muestra qué es aceptar a Dios: cambiar de vida, dejar de lado lo terrenal y lo aparente de este mundo

“Jesús llega” por tanto debemos convertirnos hacia El: ese es el único modo de recibirlo, aceptarlo. A veces los sentimientos favorables nos hacen creer que aceptamos a Dios, pero el testimonio del Bautista, en él mismo, muestra qué es aceptar a Dios: cambiar de vida, dejar de lado lo terrenal y lo aparente de este mundo

Convertirse es vivir más

La conversión es un ejercicio permanente en la vida del cristiano. Es, no solo salir del pozo abismal de la oscuridad y caminar a pleno día en el llano, sino que es ir muriendo cada vez más, subir dando pasos, no quedarse estancado o instalado; la meta es la cima de la montaña: ser otro Cristo.

Por eso no necesitamos saber hacia dónde nos dirigimos: de lo malo a lo bueno, de menos a más, de lo bueno a algo mejor. Cuando pensamos en la conversión, no pensamos solo en haber salido hace tiempo ya de la hondura, no pensemos solo en no haber cometido ningún pecado mortal, y no haber perdido el estado de gracia, pensemos en vivir la alegría de la salvación.

Llegamos a la mitad y, ¿Qué frutos tenemos?

Preguntémonos, ¿Qué tanto he subido y acrecentado mi fe, o sigo en el llano?; conversión es caminar y salir de, para ir hacia: del grado uno al grado dos, del dos al diez, del diez al veinte, y no termina nunca. Lo podremos hacer sólo en apertura y docilidad al Espíritu.

Preparen el camino, “Jesús llega” y, ¿Qué mejor manera de prepararlo que buscando ahora la reconciliación con Dios? Durante una semana busquemos la confesión, para que cuando llegue la Navidad, estemos bien preparados interiormente, uniéndonos a Jesús y a los hermanos en la Santísima Eucaristía.